Artistas

Artistas de la nada, que a pesar de su éxito en una sociedad con oídos taponados, entusiasmados con su talento social, no perciben la crueldad de sus inspiraciones sin sentido ni comprenden su dramática situación. Si, según Santayana, el arte es el mejor instrumento de la felicidad, no lo es para los artistas. Los artistas, expertos de la subvención, cuyo falso arte los hace denigrantes, sin competencia ni libertad para rehacer el mundo en cada obra de arte, sólo son capaces de expresar las servidumbres que lo tienen atado a la realidad de los triunfos, honores y vanidades sociales. Careciendo de genio creador, son enriquecidos con las prebendas del poder, podemos verlos como los verdadero pobre de nuestro tiempo. Desgraciados que se han dejado desarraigar de su vocación y del destino de sus vidas por excesiva dependencia de los espurios valores sociales. Seres más dignos de compasión por su fracaso artístico que de emulación por su éxito mundano, al encontrarse acostumbrados a medrar en la falsedad de nuestras instituciones y en la grosería de los espacios públicos, no advierten la falta de sinceridad y belleza en el arte que producen. El Estado de los partidos, que los financia, exterminador de los brotes esporádicos de sinceridad en el arte, alimenta la falsedad de las obras artísticas para perpetuar su propia artificialidad y deslegitimidad, la usurpación de las instituciones, su poder y su lucro, a costa de la belleza que los artistas se procuran en no producir.

El arte

Sobre textos: de Antonio García-Trevijano
Composición: Javier Castuera

Sin que todos los valores sociales de la vida suspiren por la belleza de las acciones y de las creaciones del espíritu no debemos esperar grandes satisfacciones del arte contemporáneo.

Los artistas actuales, aunque podrían serlo por la nobleza de sus creaciones, no son seres ajenos a este tiempo de fanfarria y oro. Las ferias de arte atraen más a los amantes de curiosidades de la fantasía y de virtuosismos infantiles que a los buscadores de belleza en las obras recientes de la imaginación creadora.
La nueva potencia de los Museos de arte clásico, junto a la bastarda creencia de que deben ser visitados para adquirir cultura, confiesa la frustración de la estética en las sociedades industriales que los promueven. Al borde de lo grotesco, y sin atender a la necesidad de humanidad en un mundo deshumanizado por las barbaries del poder, el dinero y el terror, los productores de artificios o artefactos de la fealdad no merecen el nombre de artistas o maestros.
Rompen convenciones artísticas simplemente para no parecer anticuados y epatar a sus colegas, y no para sustituirlas por otras mejor acordadas con la Naturaleza o los substratos permanentes de la sociedad.
La situación de la escultura es desesperante. Una estructura metálica instalada en la plaza pública puede ser una obra inútil de ingeniería, pero jamás una obra de arte. El auge de la fotografía insólita se debe al defecto de inspiración o disciplina en la pintura. La originalidad por la originalidad no expresa intuiciones reales en la literatura y pierde su sentido antes de que llegue la posteridad. La música, cuando no es fondo de realce de la voz, se ha convertido en una experiencia técnica de sonidos sin relación con la vida. Y los artistas de éxito, demasiado entusiasmados con su talento social, no pueden percibir la crueldad de sus inspiraciones sin sentido, ni comprender siquiera su dramática situación como artistas de la nada.
El mundo necesita retornar a la belleza y restaurar el valor moral e intelectual de la estética. No para hacer más felices a los pueblos, sino para tornarse algo menos difícil de comprender y más placentero. No pienso, como Santayana, que el arte sea el mejor instrumento de la felicidad. Desde luego no lo es para los artistas actuales ni para las sociedades de consumo industrial. Aunque tal vez lo sea para marchantes y coleccionistas.
Sin expresar belleza, la obra de arte no es un producto competente ni libre. A la pintura abstracta le estorban sus materiales y la disciplina para asimilarlos, del mismo modo que a la poesía intelectualizada le sobran las palabras de la vida. Y sin competencia ni libertad para rehacer el mundo en cada obra de arte, el artista sólo puede expresar las servidumbres que lo tienen atado a la realidad de los triunfos, honores y vanidades sociales. Sin verdadero genio creador, el artista enriquecido es el verdadero pobre hombre de nuestro tiempo. Un desgraciado que se ha dejado desarraigar de su  vocación y del destino de su vida por excesiva dependencia de los espurios valores sociales. Un ser mucho más digno de compasión por su fracaso artístico que de emulación por su éxito mundano.
Estamos tan acostumbrados a vivir en la falsedad de nuestras instituciones y en la grosería de los espacios públicos que ya ni siquiera advertimos la falta de sinceridad y belleza en el arte. La única ficción, junto a la religión, que traiciona sus fines cuando deja de ser sincera. Un arte falso es denigrante. Cosa que no le sucede a las manifestaciones mediocres del arte auténtico. El Estado de los partidos, los marchantes y las casas editoriales, verdaderos exterminadores de los brotes esporádicos de sinceridad en el arte, alimentan la falsedad de las obras artísticas para perpetuar su propia artificialidad, su poder y su lucro, a costa de la belleza.


Los rasgos en el Arte

Me imagino la confusión que debe producir en la mayoría de la gente la avalancha de noticias, exposiciones y publicaciones de arte en tiempos, como estos, donde todos los géneros artísticos, desde la música y la novela al diseño industrial y el cine, pretenden tener la misma clase de excelencia, y todos los productores de artificios la misma genialidad. La demagogia en materia de arte es tan destructora de la jerarquía en los valores estéticos y los criterios objetivos del gusto, como de la escala de valores éticos y prioridades morales en materia política.


Sin esperanzas de corrección en las degeneradas costumbres que conforman la vida pública cuando no hay democracia, nada me parece más necesario y urgente que un retorno a la expresión de belleza en el arte creador. Una necesidad a la que, salvo en las raras obras verdaderamente geniales que crean sus propias reglas, los artistas y el mercado del arte no responderán si la sociedad no lo reclama. Deseo contribuir a la formación de una corriente de opinión que tome conciencia de esta necesidad de regenerar los valores estéticos, y de introducir en ellos las diferencias que marcan la diversa calidad cultural de los géneros artísticos y el distinto talento creador de sus intérpretes.

A esta finalidad, escribiré una serie de artículos sobre aspectos fundamentales de la creación artística, con ejemplos ilustrativos de la actual desorientación y teniendo en cuenta que aquí sólo puedo presentar esbozos de lo que debería ser tratado de modo sistemático en un libro de estética o filosofía del arte. En consecuencia, en estos pequeños análisis me hago responsable de lo que digo y no de lo que, por falta de espacio en la presentación inteligible de una sola idea, omito. Los comentarios bienintencionados, pero parciales, a mi artículo sobre el clasicismo de la escultura de Dalí me aconsejan hacer esta advertencia.

La misión social de todas las manifestaciones del arte, la producción de belleza placentera o inquietante, es una y la misma. Su justificación estética o propósito moral también. Pero no todos los modos artísticos de manipular la materia nacieron al mismo tiempo, ni se equipararon para siempre en valor estético ante la sociedad. El carácter sintético o analítico de cada época cultural decide el rango y la escala de preferencias de los géneros artísticos dentro de las bellas artes. Pese a lo cual ninguna historia del arte se ha basado en esta norma, de la que sólo escapan las pocas creaciones alcanzadas por la gracia especial de la genialidad.

Cuando una síntesis racional prevalece en la concepción del mundo, el reinado en la expresión estética corresponde a la arquitectura, a la escultura y a la tragedia. En las síntesis emotivas o religiosas, la música y la poesía se llevan la palma. En esos tiempos se cree que la finalidad del arte está en la belleza de lo armonioso o lo sublime. Grecia y el quattrocento son paradigmas de esta visión clásica del arte. En cambio, el esplendor de la prosa y la pintura estalla en las épocas de transición, que siempre son analíticas y de mayor esperanza en las ciencias que en las religiones o la política. La concreción de la obra artística no se pone entonces en la belleza de lo representado, sino en la expresión del carácter profundo o la forma luminosa de la representación.


La gran novela del XIX y el impresionismo pictórico son sus mejores paradigmas. La deshumanización del arte expresa los trazos infantiles de una sociedad que no quiere salir de una infancia tutelada por el Estado, cuyo paradigma es la pintura de Miró, o la fealdad de los ideales sociales en las civilizaciones técnicas,  adecuadamente representados hoy en las piedras colosales y en los artefactos de ingeniería que se colocan en la plaza pública como si fueran esculturas.

Más leales que los reyes

Despreciada, con razón, en las relaciones de utilidad, la ingenuidad es una cualidad preciosa  en el mundo de la creación artística y la contemplación de las grandes obras de arte. Los niños son ingenuos no porque carezcan de malicia o de experiencia de los fracasos, pues en ese terreno nos darían lecciones, sino porque viven excitados viendo en toda cosa o situación un universo de novedades. El mundo exterior les presenta una realidad sin historia, descargada de antecedentes y de causa, y su mundo interior les brinda una vida cargada de ensoñaciones sin los límites que la imaginación pone a las fantasías.


A una ingenuidad inmadura, por falta de intuición en el sentimiento y de disciplina en el carácter, la mayor nimiedad en el arte le puede parecer novedad valiosa. Y sin restos de ingenuidad en el corazón, toda obra artística se torna artificio estéril, o virtuosismo digno a lo más de curiosidad, incapaz de expresar esperanzas útiles para la humanidad o aperturas inteligentes para el bienestar que produce una mejor comprensión del mundo. 
El artista creador necesita tener la ingenuidad de un niño que ha aprendido a madurar la fantasía en imaginación, mediante dos habilidades de naturaleza contrapuesta. La de romper el juguete de la realidad sin destruir todos sus materiales y la de recomponerlo de modo más grato o inquietante, con la destreza que dan los oficios poéticos de la razón para seleccionar palabras, sonidos o imágenes. Cuando la obra de arte no es genuina rompe sin componer, o compone sin romper, trozos inexpresivos del mundo. Y cuando es genial, expresa un universo de sentimientos con las migajas de la realidad que ha deshecho a fin de representarla con más veracidad o belleza.  Los estilos y las escuelas no transmiten a los epígonos la genialidad de sus creadores, pues unos y otras se constituyen con sólo una de las dos expresiones, la destructiva o la constructiva, que los maestros incorporan a sus obras en unidades de sugestión indivisible. Sin crítica destructiva de lo convencional o sin propuesta constructiva de lo original, los estilos y las escuelas sustituyen la belleza de lo sublime o lo grandioso con la fealdad de lo descompuesto o con lo bonito de lo requetecompuesto.